Mostrando las entradas con la etiqueta cuentosh. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cuentosh. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de junio de 2008

MODELO VIVO.

Mi ex me invitó a hacer de modelo en una clase de “chupada de pija”. La clase la pidió su nuevo grupo de amigas, siete minas entre 27 y 37 años. Su idea era hacerlo con un consolador, pero la convencí. No importa que obtendrá a cambio. La cuestión es que el sábado que viene tengo que estar media hora antes de la clase magistral, y tengo que procurarme una capucha efectiva. No verlas y que no me vean; fue el trato. Está bien.
Nada importante puede pasar en estos días. Nada puede motivarme, ni distraerme. Cada vez que me descubro pensando en algo, es en el sábado. ¿Cómo me voy a vestir? ¿Qué calzoncillo? ¿Me afeito ahí? ¿Me meto un Viagra? ¿Voy fumado? ¿Voy duro? Cero alcohol, pero voy a necesitar algo que me retrace. ¿Me toco en la semana? ¿Me toco media hora antes de ir? ¿Se lo cuento a alguien? ¿Me lo van a quemar? ¿Se me va a parar? ¿Estarán buenas? ¿Todas gordas? Pibes colados, no por Dios. ¿Alguna medio bruta? ¿La vuelvo a llamar o puede arrepentirse? ¿Es sábado? ¿Voy yendo?
Salgo de mi casa con la capucha en el bolsillo, un faso de flores bien gordo, un rescate de merca del miércoles, un gel íntimo saborizado que compré ayer, mi celular con cámara por si puedo, y un embale tremendo. Anoche me afeité el ochenta por ciento de los pendejos. Escuché que muchas minas lo piden, y dicen que hace parecer la chota más grande. Me olvidé del Viagra y no sé de dónde mierda sacarlo a esta hora. Bueno, voy.
Hace quince minutos que espero que sea media hora antes. Toco el timbre. Baja mi ex, y me sube corriendo a su departamento. No es grande, pero lo suficiente como para encerrarme en un cuarto. La guacha lo había ambientado para la ocasión. La semana pasada no estaban todas esas velas, ni la cama contra la pared del fondo, ni la compu contra un costado. Hoy el equipo de música también está en el cuarto. Sonaba Soda Stereo y ya lo cambié. Ahora suena un compact medio raro de John Zorn, uno de música para películas. Es tranquilo, hipnotizante. La semana pasaba me di cuenta que al terminar la convivencia, hace 4 años ya, me había dejado este cd. Miro a mi alrededor y por más que trato de encontrar otro tesoro, nada me saca los nervios. Si soy ansioso como dicen, esta vez tengo mis razones.
Timbre. Sin decirme nada, mi ex baja a abrir. Yo ya recibí las órdenes. Nada de salir del cuarto y nada de hablar antes de la clase. Durante la clase, sólo responder las preguntas autorizadas por la profe. Prohibido meter mano. Celular apagado. Bañadito, perfumado y a esperar que termine la “introducción a la chupada de pija”, que se está por llevar a cabo en el living contiguo.
Debo admitir que hasta hoy nadie me tiró la goma como ella. Ni las trolas se le acercaron. A la turra le encanta y lo sabe. Lo disfruta y te lo demuestra. Toca cosas que ni en la mejor de mis pajas adolescentes se me ocurrió tocar. Es obvio que usa la lengua y los labios, pero también juega con los dientes y las uñas. Te pone al borde del sufrimiento, la hija de puta. La primera vez flashié mal, pero en lugar de un grito de dolor, me sacó uno de placer. Nunca llegó a lastimarme, pero me hizo pensar en mi desconocido potencial sadomasoquista. Ahora que lo pienso, espero que deje estos secretos para el final de la clase, no sea cosa que las novatas me la hagan mierda. Si bien teníamos unos garches grandiosos, de horas y horas, no coje tan bien como la chupa. Todos estos años, extrañe esos ojos redondos mirándome fijo, mientras subía y bajaba por mi chota. Para hacerla completa le faltó despertarme con una mamada, pero bueno, después de la clase de hoy no voy a poder pedir nada más.
Pasos, voces y las llaves. Me dijo que iban a ser entre cinco y siete contándola a ella. No me doy cuenta. Abren botellas. Al toque huelo un faso paraguayo tribunero. Se escucha un: “No, gracias”. Y un: “venga, tía”. Una, ya tiene voz de gorda. La otra me encantó, algo entre FM y la mina que da la hora por teléfono, con toque gallego impostado. Ríen. Mueven sillas. Yo paso de estar al palo a tenerla muerta y fría. Ahora está muerta y fría.
Arrancó la teoría. La música, que tengo ordenado no bajar, no me deja escuchar bien. Rescato frases en los baches entre tema y tema. Escucho: “así de grande”, “¿nunca tragaste?”, “¿salada?”, “es importante coordinar boca y manos”, “un buche de agua caliente”, “entre mate y mate”, “¿más cerveza?”, “¿vino?”, “¿lo conocemos?”, “no las va a poder ver”, “toda de una”, “Martín me tiene podrido”, “el dibujo es bastante claro”, “Así, ¿ves?”, “dan ganas de morderlo”, “¿estuviste con un judío?”, “sí, a mi también”, “mi viejo”. Van dos celulares que suenan y nadie los atiende. Parece estar todo bajo control. Yo siento el mismo frío que en la revisación para la colimba.
Hace rato que estoy tirado en la cama con la capucha semi puesta y una bata blanca de toalla que me queda chica. Se abre y cierra la puerta rápido y entra mi ex. Me hace un gesto para que no hable y me coloca bien la capucha. La oscuridad me da más frío. Antes de irse, me la toca. Me sobresalto, me templo un poco. La escucho reirse mientras se aleja. Loca de mierda.
Pasan unos cinco minutos hasta que empieza la práctica.
“A él lo vamos a llamar: Consoleitor.”-dice mi ex “No las puede ver, pero ustedes se tienen que hacer sentir. Bueno, cada una va a tener treinta segundos para chupársela free-style. Después voy yo y ustedes miran”.
Estoy tratando de evitar que se me pare con sólo imaginar lo que viene. Lo logro. Lo logro. Llegó la primera. Me abre la bata. Yo estoy sentado a los pies de la cama. La siento agacharse. Deben estar todas vestidas, eso siempre me calentó.
“Parémonos acá, así vemos todas.”
La chica está nerviosa. Me la acaba de chocar contra sus dientes. Sin dolor, de lleno a las paletas. La está agarrando bien de abajo. Bien. Se mueve más rápido que mi erección.
“Tiempo”.
Me dejó de garpe.
“Siguiente”.
Tiene las manos heladas. No mueve la lengua. La anterior, tampoco. Pero va más lento. Tose. Paró, se debe estar sacando un pelo de la boca. Vuelve. Me agarra las bolas. La tiene toda adentro. Vuelve a toser.
“Treinta, siguiente”.
Sin las manos. Me aprieta la cabeza con los labios. La lengua da golpecitos. Esta va mejor. Estoy al re palo. No uses las manos, nena, porque acabo.
“Treinta, siguiente.”
Nada.
“Dale vos. Sí”.
Manos grandes. ¿No será un traba? Se me empieza a aflojar.
“Ay…se le está bajando” -escucho la voz de gallega trucha. Recupero vigor. Esta coordina las manos y la boca. Bien ahí.
“Listo, siguiente.”
Me agarra la mano y me hace parar. Tiene manos chicas y piel suave. Me agarra del culo con las dos manos y empieza. No mueve la cabeza, me mueve a mí. Si no fuese por los intervalos y la curiosidad, ya hubiese acabado.
“Tiempo, siguiente.”
Bien, nena. Esta es puro lengua. Empezó por las bolas y recorrió todo hasta la cabeza. Para mi gusto me está apretando de más. Larga un suspiro. Qué chanta. Nunca entendí a las chicas que suspiran mientras la chupan. Suena a actuación complaciente.
“Treinta, voy yo.”
¿Para qué? Arrancó con todo y yo no aguanto más. Me está bordeando el nacimiento del glande con sus dientes, y tiene un dedo peligrosamente cerca de mi culo.
“¿Te gusta?”- me pregunta.
Mi respuesta fue una terrible acabada, directo a la campanita. Noto que la sorprendí porque se tira un poco hacia atrás. Igual, no deja de succionar todo hasta dejarme limpito.
“Bueno, chicas, pensé que me iba a durar más…pero bue…mmm…rica como siempre.” –la imagino con la boca abierta y sacando la lengua para mostrar que se tragó todo, eso siempre me lo hacía- “Ahora que Consoleitor ya acabó, le vamos a dar unos minutos y volvemos…esta vez va a durar más, lo conozco.”
Tengo unas ganas de sacarme la capucha y verle la cara a las chupadoras. Material de archivo, digamos. Suele venir la sequía después de semejante bonanza. Hay que estar preparado para eso.
“¿Cuál te calentó más?”-otra vez hacia mi.
“Vos”- digo y me arrepiento de la respuesta boluda.
“Ya sé…¿cuál de las chicas? Fueron seis, decí un número.
“La que me hizo parar. No sé que número era”.
“Muy bien, número cinco. Sigamos.”-hacia mi- “Acostate y sacate la bata. Sólo la batita, lindo.”
Quede boca arriba con la sensación de que las chicas estaban muy cerca. Una a una siento con van hundiendo el colchón. La voz de mi ex todavía permanece de pie.
“Vamos desde arriba.”-acercándose. –“No acabes de toque, nene”- al oído.
Concentración. Concentración. Seguro que ahora la turra va a hacer lo imposible para que acabe. Siempre quieren lo contrario que te piden. Empecé a sentir sus manos desde mi rodilla. Suben. Suben hacia mi verga. Van por la parte interna de los muslos. Apenas se apoyan, pero dejan marcado su recorrido. Las dos manos avanzan coordinadas. Llegan las dos en la ingle. Nadie habla. Los dedos rozan los mis afeitadas bolas. No puedo evitarlo y suspiro. De golpe los dedos se retiran y vuelven húmedos. Esa humedad caliente pinta mis huevos. Ahora agarra la base de mi pija con fuerza. Sangre coagulada. Sangre coagulada.
-“Presten atención.”
Primero la lengua toca la punta del glande que enseguida desaparece dentro de su boca. Se mueve rotando hacia ambos lados. Se la mete casi toda en la boca antes de salir de golpe. Imagino mi verga brillante, erguida y entregada. No termino de imaginarlo que ya está jugando con sus uñas. Lo bueno es que nunca voy a acabar así. El juego al límite de las uñas te pone como loco, pero ese riesgo es el que te mantiene contenido, y se te frunce el orto a más no poder.
-“Vení vos primero”. ¡Dios! –“Empezá por acá”
Tengo tres manos tocándome. Mi ex sigue con las uñas e imagino que la número uno es la que me está masajeando las bolas. Las uñas paran. Siento un frío por un instante. Ahora tengo a la número uno prendida a punta de la chota. ¡Mamá! ¡Qué rápido que aprenden! Debe ser por lo competitivas que son las minas. Ya la tiene toda adentro. Hermosa. Uia! Empieza a improvisar. ¡El culo no! No puedo evitar una reacción que corta el clima.
-“Siguiente”.
¿Por qué no las mandás de a dos, che? Otra vez arrancamos con la punta, la rotación, y yo no voy a aguantar mucho más. Las manos en las bolas, más giro de cabeza y toda tuya, nena, ni sé quién sos.
-“Tenés que tragar, ya lo hablamos.” –su voz tapó mi intento de grito. “Así, así…muy bien, a ver…bien. Ahora vamos a volver al otro cuarto y seguimos con un consolador de verdad. Y ya saben que nadie se puede resistir a una buena chupada. Vamos”.
Estoy solo en el cuarto otra vez. Sigo al palo. Me saco la capucha. No veo restos de acción. ¿Qué mierda hago? Para un tercero van a tener que esperar un rato, y no aseguro nada. Me fumo medio pucho y después un porro del rico. ¿En qué me metí? ¿Cuáles serán las letras chicas de este paraíso? ¿Están hablando de mi? Sí, seguro. Me estiro a lo ancho de la cama. Si vienen los novios son una banda, desastre. El porro me cortó el hambre. Prendo la compu. Busco el Messenger. Usuario. Contraseña. Conectado. Pin! Se abre una ventana con smile fiestero. Es Caro, una pendeja que me está quemando la cabeza pero todavía no entregó. “Hola”-le escribo- “todok?”. Miro la lista de conectados y no veo a ninguno de los pibes. Caro contesta: “Sí. Mi novio está de viaje. ¿querés ver un dvd a casa?”. “Sí, termino un partido de truco y voy.” Después de tanta chupada de pija, necesito un beso, algo. Miro la ventana por la que entramos la vez nos habíamos olvidado la llave. Me visto y salto al patio interno del edificio. Ahora tengo que esperar que algún vecino salga. Aparece uno con trayendo bolsas de basura. Perfecto. Estoy afuera. Paro un taxi. Es una mina. Le estoy por dar la dirección de Caro pero no, la hago encarar para Belgrano. Prendo el celular y escribo un sms buscando a los pibes. Antes de hacer tres cuadras ya tengo destino. Me pongo los auriculares para evitar cualquier conversación con la tachera, mientras miro sin hacer foco por la ventanilla. Se me escapa una risa al mismo tiempo que me pregunto: “-¿Me estaré haciendo gay?”
GSTV © Mayo/Junio 2008

lunes, 25 de diciembre de 2006

CRONICA DE UN 25 DEL 12



-Navidad Dominguera-

Cuando navidad cae en domingo, algo pasa. Un domingo, descanso por default, se superpone al feriado más importante del año. ¿Se potencian? No en la Capital Federal de la República Argentina en 2006. A mi no me señalan por la calle como el alma de las fiestas, y por esas vueltas de la vida, este año la familia se redujo a un formato Fiat 600 y con esto también bajó la necesidad de regalos. Un verdadero alivio ante el efecto shopping. De todas maneras, mi retina tiene menos rojo Noél impregnado que en otros años. No tanto cartel, no tanta guirnalda dando vueltas por ahí. Y cuando llegaron las 12, menos fuegos artificiales. Parece que subió la demanda del globo que levanta por calor, y bajo la calidad de fabricación y la habilidad de los ejecutantes. En los barrios más barrio hubieron más “cuetes” que en los barrios menos barrio. El vacío vacacional relámpago se hizo sentir, pero en lugar de dar más lugar para festejar, aplacó el colorido. Liniers, autopista, Entre Ríos, Callao, Arenales, Coronel Díaz, Libertador, Cabildo, Lacroze, Álvarez Thomas, Congreso, Triunvirato, Incas, Olazábal, Elcano, Niceto Vega, Juan B Justo, Santa Fe, Las Heras. Desde las 2am, la ciudad enmudeció a puertas abiertas. Diez en una esquina, no supera a cualquier jueves del año. Cerca de una barrera baja, los bocinazos festivos contagiaron a otro auto, sólo cerca de esa barrera y a ese auto. Después, los esfuerzos de hacer temas navideños con la bocina ronca del auto, si bien no fueron puteados, tampoco contagiaron en este tour. Tres llamados, dos deserciones. El after brindis de amigos dejó media botella de 2 champanes, sin tomar. En un kiosco, un policía brindando con sidra y tres horas después de las campanas, puestos de alcoholemia. Se acerca el policía de la esquina, llega la camioneta de la Guardia Urbana, aparecen los conos naranja, se cruza la camioneta y empieza el silbato. En la ciudad sin mucho ruido, paran al primer auto. Se acerca el policía para pedir una identificación cualquiera. Hecho esto, uno de los jóvenes de la Guardia Urbana aparece con una hoja impresa para que firme el conductor. Hecho esto, se acerca otro guardia con la máquina de la verdad y una pipeta dentro de su envase de seguridad. El conductor la saca de la bolsita, la coloca y empieza a soplar hasta apagar la luz verde. Lo que empieza con dos ceros, va a medir el nivel de brindis. El primero zafa y sigue. El segundo es un número fijo. Media luz en funcionamiento, guiño contrario a la posibilidad de doblar, encendido, y posición oblicua esperando el verde del semáforo. Silbato. Gestos. Se detiene. Más gestos. Trámite y afuera. Se aleja sin luces de stop. Tercero. Un utilitario con caja cerrada. Frena. De lejos el conductor parece Papá Noél en pijama. Es un gordo con una remera manga larga rajada blanca y roja. De la caja de su trineo baja una familia navideña tipo. Una a una, tres generaciones vestidas para la cena, bajan dando un saltito. Papá Noél firma y sopla. ¿Para qué? Desastre familiar. Discusión multi-gestual del miembro femenino de la generación intermedia. Hija o nuera de Papá Noél, con él era el tema. La Guardia Urbana no sabe mucho de asistencia social y se mantiene al margen. Por intermedio de un llamado por celular de la señorita, aparece un auto salvador que sin bajar del mismo, su conductor sopla y se lleva a la familia de Papá Noél, sin Papá Noél.


(C) GSTV - 25-12-2M6
Limite entre Belgrano y Núñez,
del lado de Belgrano - Cap.Fed.
Buenos Aires - Argentina.

lunes, 4 de diciembre de 2006

TRILOGIA PLAYERA 1 DE 3



AL MAR

A la playa llega siempre primero el hombre cargado, y de diez a veinte metros atrás, su mujer con el cuello erguido y monitoreando. Puede llevar la pelota de fútbol, mientras no haya otro elemento de menor peso especifico y forma tan perfecta. Novia, amante o madre cuentan igual. Con o sin chicos hoy los roles se mantienen, y hasta le suman una sombrilla y la responsabilidad de funcionamiento seguro de la misma, al hombre que para ese momento ya decidió dónde será el descanso. De todas maneras, busca la mirada monitor esperando aprobación. Puede tener el visto bueno o no, modificar las coordinadas o no; su día no va a depender de eso.
Estar solo en la playa debería ser un pase libre para coger. Hacer el amor sin más memoria que la corporal. Satisfacer y satisfacerse, con alguno de esos cuerpos desnudos. El traje de baño, más precisamente la bikini y sus derivados, son lo mismo que la desnudes. Elegir o ser elegido, ya es parte de una medición astral. Lo que si, nadie, pero nadie debería quedarse o dejar con las ganas, en la playa. Bueno, y en las playas nudistas que se precien de tal, debería haber reglamentación clara acerca de este tema. Al final de cuentas, parece que el Sol es quien se las garcha a todas (o todos). Y las atiende por horas y les da duro. Y se ponen cremas para soportar o potenciar esta relación.


GSTV - Las Gaviotas, Villa Gesell, Buenos Aires-ARGENTINA /// 7deDiciembre2006.
Ilustración: LU+6

sábado, 2 de diciembre de 2006

TRILOGIA PLAYERA 2 de 3


EL PAJAR

A la paja se llega por varios lados. No contamos las excusas, por supuesto. Esta la paja estabilizadora, la "para bajar", la del olvido, la recreativa, y la "me quiero mucho yo". Son todas muy distintas aunque algunas compartan visiones y enfoques. Y mayormente todas terminan igual. Pero sin duda, la última de estas, también conocida como "la autogestión", persigue un objetivo sublime y más aún comparándola con las demás. La paja que estabiliza los niveles, es una necesidad, tiene precisión quirúrgica. Si tenés que "bajar a pajas", estamos hablando de un recurso efectivo pero recurso. La del olvido es recomendable para sacarse de la cabeza, o evitar, histerias ajenas; sin embargo, no se encuentran investigaciones serias sobre los efectos colaterales a un mediano y largo plazo. La recreativa, paja pasajera, no deja una sensación sostenible de logro, más bien posterga la necesidad de salir a ponerla. La autogestión es La Paja, madre de todas las pajas. Aunque más común entre las mujeres, esta paja, y como todo lo bueno, tiene una contraindicación: “Llegar a lugares donde nadie más podrá”. Sin duda esto funciona tanto como desafío, como aprendizaje. Tal vez los puristas del género onanista, la consideren como la única paja de todas las pajas. Allá ellos, sé que es irremplazable por el accionar del otro/mismo sexo, pero no se, hoy me duele la cabeza.


GSTV - Las Gaviotas, Villa Gesell, Buenos Aires-ARGENTINA /// 7deDiciembre2006.
Ilustración: LU+6

viernes, 1 de diciembre de 2006

TRILOGIA PLAYERA 3 de 3



LA CAZA

Buscar un objetivo sexual en poco tiempo es una tarea especial. Para aumentar las posibilidades de éxito, se recomienda pegarse al cliché (éxito y cliché son 2 palabras que por algo suenan parecido). Lástima que en 3 días no adelgazas lo que dice el cliché. Uno menos. Tener una valija con vestuarios varios como para insertarse exitosamente en algún rubro playero, es un tema de planeamiento sofisticado. Cliché de “pertenecer”: out. El escritor/filósofo solitario requiere una repetición de escenario, para ser efectivo. Eso aburre. Lo mismo pasa con el ejecutivo con celular que camina en círculo de un radio visible. Aburre e implican muchas horas haciendo de antena de frecuencias con consecuencias inciertas. Músico puede ser. Depende el target ligas un baño o no; siempre y cuando aceptes comprimir la música a un grito de celo constante. Quienes no tocan instrumentos pueden bajar la ventanilla y subir el volumen del set de temas para niñas. Perder el oído por tener un auto, no es una buena ecuación, menos por tan poco tiempo de goce. Ahora, si lo que piensan es pagar, tal vez la suma no sea tanta en relación a la necesidad. ¡Feliz día de la Virgen!


GSTV - Las Gaviotas, Villa Gesell, Buenos Aires-ARGENTINA /// 8deDiciembre2006.

viernes, 2 de enero de 2004

MASTERDAM

OK! La primera vez que lo cruzamos fuimos dos presas más para él. Dos de esas interesantes, por lo de turistas indefinibles que teníamos. Él era bajo y demasiado inglés. Demasiado porque su acento venía acompañado de una pausa deductiva. Esa sonrisa de: te estoy sacando la ficha, pero de gentleman. Y nosotros éramos dos indios altos europeizados al mejor estilo azar. Uno, pelo largo con mechas rojas, el otro rapado. Uno con chaqueta de cuero corte serie policial belga y botitas all star con punta muy blanca, el otro con el combo camperita: rompevientos - sobre - jean - sobre - polar, y borceguíes de cordones rojos. El inglés llevaba la mochila del turista con sus respectivos pins y biromes. Nosotros llevábamos las manos en los bolsillos. Eso sí, la cara de fascinación en la vidriera del smart shop holandés era nuestra. Hongos, éxtasis natural, cocaína vegetal, oxígeno puro, falsos y perfectos frascos con meo para análisis; todo legal, todo con su packaging, todo fantástico. Ideal para llenar una mochila.
El inglés se nos acercó contándonos que había vuelto a devolver unos hongos, que su novia no se sentía bien, que los regalaba, o mejor dicho, los dejaba a la mitad de precio. Nosotros le seguimos la corriente, pero a un tercio del valor de los hongos. Esa fue la manera más elegante de sacarnos de encima al inglés, por una suma que no afectaba a nuestra paridad menemista del 2000.
Estar un mes de turista en Amsterdam es raro, pagar un mes de hotel es caro. La marihuana es demasiado legal y demasiado rica. Parábamos en el Lavalle de Amsterdam, en un hostal Irlandés rodeado por negocios turcos. Coffee Shops turcos. Falaffel turcos. Pizza por turcos. Almacenes turcos. Gift Shops turcos. Bien Lavalle, bien peatonal de neón. No tardamos en crear nuestra tradición amsterdamiana: desayuno en el coffee shop de enfrente, pool en el de al lado, agarrar las bicicletas alquiladas y a jugar por las calles de Amsterdam hechas para jugar.
Al inglés lo volvimos a cruzar en el coffee shop de enfrente. Estábamos desayunando y conversando con los encargados: dos hermanos turcos y el senegalés. Todas nuestras charlas incluían alguno que otro: -Argentino mafiosi –soltado más a menudo por el menor de los turcos. Tal vez este grito fue el que atrajo al inglés, quien abandonó otro de sus sets de turistas alegres, para sentarse en la mesa con nosotros. Preguntó una vez sola por los hongos y nuestra respuesta de satisfacción fue tan falsa como cortés. Parece que a los ingleses les gusta eso.
Ya el inglés no trabajaba de turista con nosotros, ni nosotros tratábamos de huirle. Lo veíamos hablar con los turcos del coffee shop y escuchábamos a los turcos hablar de él. El inglés había pintado el salón del subsuelo del lugar. Ahora ganaba unos guildens armando porros para turistas novatos. Mientras armaba indistintamente con marihuana o hash nos decía, más para no aburrirse que para informar: -Los armados siempre llevan más tabaco del que necesitan. Los turcos eran muy turcos como para asentir con la cabeza y preferían pagar nuestro silencio con un café - invitación.
El mes en Amsterdam no sólo trajo descompensaciones alimenticias. Es decir, del desayuno a la primera comida podían pasar doce horas, o si se quiere, cinco clases de marihuana con sus distintos rituales. Un mes en Amsterdam trajo más dudas para la gente que nos rodeaba que para nosotros. Las primeras tres veces que te ven, sos turista. A la quinta, sos uno que se colgó. A la séptima, estás al pedo. Si se cumple la docena de veces que te ven: Atención. Dos Argentinos que viven en un hotelucho, fuman, desayunan, juegan al pool, andan en bici y parecen muy felices, es igual a: trajeron un kilo de merca. Ese fue el esquema de pensamiento de los turcos del coffee shop y de todos los pequeños dealers del Amsterdam ilegal que paraban en las cercanías de Lavalle.
Ok! Si trajeron un kilo, pueden traer otro para mí -pensó el turco menor, agregando un: -Good business!
No pusimos cara de sorpresa. No pusimos cara de terror. No pusimos ninguna cara. Sólo pensamos en el grito: Argentino mafiosi, y nuestro silencio se ganó un respeto extra. Nos movimos una semana con ese respeto mientras seguíamos nuestra vida normal, que para quemazón de cabeza de los turcos y del senegalés, incluía un terrible afán por sacar fotos de todo. El revelado en Ámsterdam no era caro y el resultado, buenísimo. Revelábamos y les mostrábamos las fotos de otros puntos del Eurotour 2000. Objetivo: ganar su confianza. Resultado: nos arrebataron una cámara después de un primer plano al senegalés. Del flash de traficantes novatos y exitosos por inconsciencia, pasamos a ser policías pro. Sin decir nada, cruzamos al hotel y volvimos con nuestros instrumentos: una pequeña guitarra con parlante incorporado, un saxo de caña, dos mini - amplificadores y una batería programable. Nos pusimos a tocar para los clientes del coffee shop. No ganamos confianza, pero el desconcierto nos devolvió la cámara. Al inglés le divertía todo esto. Nos miraba, miraba a los turcos y congelaba a su Sherlock Holmes. Tocó con nosotros y nos presentó a sus amigos con los que nunca tuvimos onda sin él presente.
Una mañana de water with gas y relax canábico, se sentó en nuestra mesa. Puso su seño más inglés y nos ofreció hacer un trabajo con él.
-There is this bank, you know? –empezó.
GSTV © 2004

viernes, 3 de enero de 1997

ESPERANDO EL CUARTO

Cuando empezó el partido éramos cuatro frente al televisor. Passarella debutaba como técnico de la selección. Argentina versus Chile. El volumen bajo del Philco 17 pulgadas interrumpía el silencio de la planta baja del Hospital Italiano. A las diez y cuarto de la noche el movimiento en la entrada sur del hospital era escaso. Sentados en una hilera asientos plásticos unidos por un esqueleto metálico, levantábamos nuestras cabezas para mirar el televisor que colgaba de una columna. Nadie hablaba. Ninguno se animó a avivar el sufrimiento del otro con conversaciones de compromiso. Todos sabíamos que sobre aquel hall se encontraban las habitaciones de cuidados intensivos y la sala de neonatología.
La selección dominaba el partido con buen fútbol. Debimos haber sido los espectadores menos entusiastas que tuvo el equipo aquella noche. Yo estaba sentado a la derecha. El primero a mi izquierda era un hombre de treinta y pico. Barba candado. Campera de jean. Pantalones Angelo Paolo. Un rosario en sus manos. Tenía una bolsa de nylon en el suelo entre sus piernas. De su bolsillo derecho colgaba un llavero de Boca con la foto de un chico de cuatro años del otro lado. Imaginé que ese chico podría estar en alguna habitación del segundo piso. En terapia infantil. Seguro su madre estaría con él.
Más a la izquierda había un hombre de cuarenta años. Canoso. Gordo. Sus brazos cansados tenían una pequeña campera rosa. Su mirada estaba clavada en la pantalla y sólo se distraía al ver al hombre de seguridad. El tipo se paseaba con el walkie talkie abierto, comentando el partido con el guardia de la salida de Gascón. Al gordo ya lo había visto antes en los sillones del segundo piso, junto a la puerta de neonatología. Tenía un hijo prematuro de cinco meses y medio, según le escuché comentarle a una abuela que procuraba enterarse de todos los casos del hospital.
Por último estaba el espectador de más selecciones de los allí presentes. Un hombre de alrededor de setenta años que alternaba su atención entre el televisor y un Power Ranger que pasaba de mano en mano. Un nieto en terapia intensiva, pensé. El sucesor articulado del Temerario cayó dos veces al suelo. Su único nieto en terapia intensiva, pensé.
Llegó el primero de Argentina. Nadie lo gritó. El abuelo se paró. Fue al ascensor y subió. Se llevó con él al Power Ranger. No volvió a bajar.
No podía borrar la imagen de Nico entrando en neonatología a las ocho de la noche. Lo iban a operar del corazón antes de cumplir tres días.
Argentina hizo el segundo. Nadie lo gritó. El gordo se paró, y con la campera rosa en la mano desapareció por el ascensor.
Nico había nacido en el Instituto Argentino de Diagnóstico y Tratamiento con insuficiencia cardíaca. Los médicos nos recomendaron operarlo en el Hospital Italiano. Y allí estábamos. Esperando.
En una estupenda jugada, la selección de Passarella marcó el tercero. Ninguno de los dos lo gritó. Me quedé solo cuando el hombre recogió la bolsa de nylon y se dirigió al ascensor.
Faltaban cuatro minutos para que terminara el partido. Argentina ganaba tres a cero. Desde el último gol que no despegaba los ojos del televisor. Me puse cada vez más nervioso. Argentina tocaba pero no llegaba. Los jugadores parecían conformes. Yo no. Faltaba mi gol. Necesitaba que convirtieran el cuarto gol. Toques cortos cerca del círculo central. Los chilenos estaban entregados. En el ángulo superior izquierdo de la pantalla estaba el reloj. Cuarenta y cuatro treinta. Medio minuto, más lo que adicionara el árbitro. “¡Vamos, carajo!”, se me escapó y llamé la atención del tipo de seguridad que hablaba por el walkie talkie. Un tiro cerca del palo derecho y el cuarto que no llegaba. Con la mano en alto el árbitro señaló que faltaba un minuto por jugar. Marcelo Araujo se conformaba con el tres a cero. Macaya ya estaba sacando conclusiones del planteo de Passarella. Faltaba mi gol. Último avance argentino. El árbitro señaló el círculo central y mis rodillas alcanzaron el suelo.
GSTV Diciembre 1996©
Publicado en La Voz del Bajo

domingo, 26 de noviembre de 1995

EL SEÑOR ALFAJOR

Nunca se lo había visto tan decidido desde que se mudó a Mar del Plata, diez meses atrás. La seguridad pareció borrar la curvatura de la espalda de Giglio Mazzantini. Duras tareas habían trabajado de manera despareja su cuerpo de un metro ochenta y cinco, desde los 13 años. Erguido enfiló hacia el edificio que estuvo marcando con la vista por veinte cuadras.
Ana,
Hoy a las 8 y media de la noche te voy a demostrar que no soy ni un bruto ni un animalito de Dios. Andá a la Bristol y vas a ver lo que puedo hacer. Además de descargar los cajones de merluza y cornalito de los pesqueros de Mellino, soy un tano romanticón.
Eran las siete y cuarenta de la tarde cuando Giglio apalabró al portero. Por más que la historia sobre la foto de la Bristol desde lo alto pueda parecer convincente y 46 pesos una suma interesante para el cuidador del edificio, lo que le abrió camino fue el inaguantable olor de su ropa.
Es mentira que el olor a pescado mata el fuego latino. Yo soy un verdadero latinlover.
Mientras que esperaba el ascensor, sacó un recorte del diario La Capital. Tras desdoblarlo observó una foto Mateyko, en la que se podía ver a Ana saludando de fondo. Su cara estaba circulada con birome roja. Había restos de cinta Scotch en los extremos del recorte que por cinco meses decoró la pared descascarada de la pieza que Giglio alquilaba desde su llegada a la ciudad, a tres cuadras de la estación de trenes. En aquella pensión de San Juan y San Martín, Giglio Mazzantini ideó su plan maestro.
Perdió la concentración cuando el punto fijo que miraba en el hueco del ascensor fue interrumpido. Cerró el recorte. Recogió su mochila Mundial ‘90 del suelo y subió al ascensor. Apretó el botón del último piso y se quedó junto a la puerta. Sin pensar en nada en particular, se dedicó a escupir hacia la pared que se movía frente suyo. Tardó 8 pisos en lograr su cometido: embocarle a los números que se perdían bajo sus pies. Victorioso, volvió a concentrarse en su plan.
El camino a la terraza debía completarse con dos pisos por una angosta escalera. Una vez en la más alto del edificio, no tardó en apoyar su mochila contra un rincón. Se desvistió. Apiló toda su ropa contra la puerta de la terraza. Estiró los brazos y golpeó su pecho, feliz por su desnudez. Caminó hasta uno de los bordes y se asomó para ver Mar del Plata a sus pies. Vio la Bristol, la punta del Torreón y uno que otro pesquero mar adentro. En poco más de media hora va a oscurecer, pensó. Observó la cuidad desde los otros costados antes de ponerse manos a la obra.
Tenía las herramientas en sus manos y se encontraba a los pies de aquellas enormes letras. Debía cortarle la electricidad a las primeras tres antes de que se enciendan, dijo sonriente por su astucia. Le quedaban quince minutos y ya estaba nervioso. Había estado vigilando el edificio por seis días y siempre el cartel se esperó hasta las ocho y media para prenderse.
Ana estaba desde las ocho y veinte en la Bristol. Como le dijo Giglio en la carta, “dale la espalda al mar y mirá es cielo”. Siguió las ordenes a medias, ya que creyó que Giglio no valía una tortícolis. “Tano bruto, con que me vas a salir”, se repetía cada vez que miraba el cielo.
Faltaba poco tiempo y Giglio comenzaba a sentir al descenso nocturno de la temperatura. Estar en cueros en una noche por más primaveral que fuese, no era algo soportable. Pensando en el recambio que traía en su mochila, decidió hacer una fogata con la olorosa ropa de trabajo. Ya había cortado los cables de las primeras tres letras y sólo restaba aguardar, para asomarse en el momento indicado.
Ana ya se estaba impacientando. Eran las 8:29 y Giglio todavía no daba señales de vida. Miró descreída el cielo. Observó como frente a sus ojos se encendía la palabra ANNA. “Qué truchos”, dijo, y pensó en lo mal que debía estar la cuidad para que hasta el famoso cartel de Havanna no funciona. Arrepentida de asistir a la cita cruzó la avenida para emprender el camino a casa.
“No! No! Qué pelotudo! No! Soy un animal! Anaaaaaaaaaaa!
Estaba enojada con ella misma. Caminaba por la vereda del edificio Havanna cuando escuchó:
“aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”.

Espero que te gusta la sorpresa.
Giglio Mazzantini




© Gustavo Guaglianone 1995
(Primer cuento presentado en el Taller de Narrativa Breve de Guillermo Saccomanno)