viernes, 3 de enero de 1997

ESPERANDO EL CUARTO

Cuando empezó el partido éramos cuatro frente al televisor. Passarella debutaba como técnico de la selección. Argentina versus Chile. El volumen bajo del Philco 17 pulgadas interrumpía el silencio de la planta baja del Hospital Italiano. A las diez y cuarto de la noche el movimiento en la entrada sur del hospital era escaso. Sentados en una hilera asientos plásticos unidos por un esqueleto metálico, levantábamos nuestras cabezas para mirar el televisor que colgaba de una columna. Nadie hablaba. Ninguno se animó a avivar el sufrimiento del otro con conversaciones de compromiso. Todos sabíamos que sobre aquel hall se encontraban las habitaciones de cuidados intensivos y la sala de neonatología.
La selección dominaba el partido con buen fútbol. Debimos haber sido los espectadores menos entusiastas que tuvo el equipo aquella noche. Yo estaba sentado a la derecha. El primero a mi izquierda era un hombre de treinta y pico. Barba candado. Campera de jean. Pantalones Angelo Paolo. Un rosario en sus manos. Tenía una bolsa de nylon en el suelo entre sus piernas. De su bolsillo derecho colgaba un llavero de Boca con la foto de un chico de cuatro años del otro lado. Imaginé que ese chico podría estar en alguna habitación del segundo piso. En terapia infantil. Seguro su madre estaría con él.
Más a la izquierda había un hombre de cuarenta años. Canoso. Gordo. Sus brazos cansados tenían una pequeña campera rosa. Su mirada estaba clavada en la pantalla y sólo se distraía al ver al hombre de seguridad. El tipo se paseaba con el walkie talkie abierto, comentando el partido con el guardia de la salida de Gascón. Al gordo ya lo había visto antes en los sillones del segundo piso, junto a la puerta de neonatología. Tenía un hijo prematuro de cinco meses y medio, según le escuché comentarle a una abuela que procuraba enterarse de todos los casos del hospital.
Por último estaba el espectador de más selecciones de los allí presentes. Un hombre de alrededor de setenta años que alternaba su atención entre el televisor y un Power Ranger que pasaba de mano en mano. Un nieto en terapia intensiva, pensé. El sucesor articulado del Temerario cayó dos veces al suelo. Su único nieto en terapia intensiva, pensé.
Llegó el primero de Argentina. Nadie lo gritó. El abuelo se paró. Fue al ascensor y subió. Se llevó con él al Power Ranger. No volvió a bajar.
No podía borrar la imagen de Nico entrando en neonatología a las ocho de la noche. Lo iban a operar del corazón antes de cumplir tres días.
Argentina hizo el segundo. Nadie lo gritó. El gordo se paró, y con la campera rosa en la mano desapareció por el ascensor.
Nico había nacido en el Instituto Argentino de Diagnóstico y Tratamiento con insuficiencia cardíaca. Los médicos nos recomendaron operarlo en el Hospital Italiano. Y allí estábamos. Esperando.
En una estupenda jugada, la selección de Passarella marcó el tercero. Ninguno de los dos lo gritó. Me quedé solo cuando el hombre recogió la bolsa de nylon y se dirigió al ascensor.
Faltaban cuatro minutos para que terminara el partido. Argentina ganaba tres a cero. Desde el último gol que no despegaba los ojos del televisor. Me puse cada vez más nervioso. Argentina tocaba pero no llegaba. Los jugadores parecían conformes. Yo no. Faltaba mi gol. Necesitaba que convirtieran el cuarto gol. Toques cortos cerca del círculo central. Los chilenos estaban entregados. En el ángulo superior izquierdo de la pantalla estaba el reloj. Cuarenta y cuatro treinta. Medio minuto, más lo que adicionara el árbitro. “¡Vamos, carajo!”, se me escapó y llamé la atención del tipo de seguridad que hablaba por el walkie talkie. Un tiro cerca del palo derecho y el cuarto que no llegaba. Con la mano en alto el árbitro señaló que faltaba un minuto por jugar. Marcelo Araujo se conformaba con el tres a cero. Macaya ya estaba sacando conclusiones del planteo de Passarella. Faltaba mi gol. Último avance argentino. El árbitro señaló el círculo central y mis rodillas alcanzaron el suelo.
GSTV Diciembre 1996©
Publicado en La Voz del Bajo

domingo, 26 de noviembre de 1995

EL SEÑOR ALFAJOR

Nunca se lo había visto tan decidido desde que se mudó a Mar del Plata, diez meses atrás. La seguridad pareció borrar la curvatura de la espalda de Giglio Mazzantini. Duras tareas habían trabajado de manera despareja su cuerpo de un metro ochenta y cinco, desde los 13 años. Erguido enfiló hacia el edificio que estuvo marcando con la vista por veinte cuadras.
Ana,
Hoy a las 8 y media de la noche te voy a demostrar que no soy ni un bruto ni un animalito de Dios. Andá a la Bristol y vas a ver lo que puedo hacer. Además de descargar los cajones de merluza y cornalito de los pesqueros de Mellino, soy un tano romanticón.
Eran las siete y cuarenta de la tarde cuando Giglio apalabró al portero. Por más que la historia sobre la foto de la Bristol desde lo alto pueda parecer convincente y 46 pesos una suma interesante para el cuidador del edificio, lo que le abrió camino fue el inaguantable olor de su ropa.
Es mentira que el olor a pescado mata el fuego latino. Yo soy un verdadero latinlover.
Mientras que esperaba el ascensor, sacó un recorte del diario La Capital. Tras desdoblarlo observó una foto Mateyko, en la que se podía ver a Ana saludando de fondo. Su cara estaba circulada con birome roja. Había restos de cinta Scotch en los extremos del recorte que por cinco meses decoró la pared descascarada de la pieza que Giglio alquilaba desde su llegada a la ciudad, a tres cuadras de la estación de trenes. En aquella pensión de San Juan y San Martín, Giglio Mazzantini ideó su plan maestro.
Perdió la concentración cuando el punto fijo que miraba en el hueco del ascensor fue interrumpido. Cerró el recorte. Recogió su mochila Mundial ‘90 del suelo y subió al ascensor. Apretó el botón del último piso y se quedó junto a la puerta. Sin pensar en nada en particular, se dedicó a escupir hacia la pared que se movía frente suyo. Tardó 8 pisos en lograr su cometido: embocarle a los números que se perdían bajo sus pies. Victorioso, volvió a concentrarse en su plan.
El camino a la terraza debía completarse con dos pisos por una angosta escalera. Una vez en la más alto del edificio, no tardó en apoyar su mochila contra un rincón. Se desvistió. Apiló toda su ropa contra la puerta de la terraza. Estiró los brazos y golpeó su pecho, feliz por su desnudez. Caminó hasta uno de los bordes y se asomó para ver Mar del Plata a sus pies. Vio la Bristol, la punta del Torreón y uno que otro pesquero mar adentro. En poco más de media hora va a oscurecer, pensó. Observó la cuidad desde los otros costados antes de ponerse manos a la obra.
Tenía las herramientas en sus manos y se encontraba a los pies de aquellas enormes letras. Debía cortarle la electricidad a las primeras tres antes de que se enciendan, dijo sonriente por su astucia. Le quedaban quince minutos y ya estaba nervioso. Había estado vigilando el edificio por seis días y siempre el cartel se esperó hasta las ocho y media para prenderse.
Ana estaba desde las ocho y veinte en la Bristol. Como le dijo Giglio en la carta, “dale la espalda al mar y mirá es cielo”. Siguió las ordenes a medias, ya que creyó que Giglio no valía una tortícolis. “Tano bruto, con que me vas a salir”, se repetía cada vez que miraba el cielo.
Faltaba poco tiempo y Giglio comenzaba a sentir al descenso nocturno de la temperatura. Estar en cueros en una noche por más primaveral que fuese, no era algo soportable. Pensando en el recambio que traía en su mochila, decidió hacer una fogata con la olorosa ropa de trabajo. Ya había cortado los cables de las primeras tres letras y sólo restaba aguardar, para asomarse en el momento indicado.
Ana ya se estaba impacientando. Eran las 8:29 y Giglio todavía no daba señales de vida. Miró descreída el cielo. Observó como frente a sus ojos se encendía la palabra ANNA. “Qué truchos”, dijo, y pensó en lo mal que debía estar la cuidad para que hasta el famoso cartel de Havanna no funciona. Arrepentida de asistir a la cita cruzó la avenida para emprender el camino a casa.
“No! No! Qué pelotudo! No! Soy un animal! Anaaaaaaaaaaa!
Estaba enojada con ella misma. Caminaba por la vereda del edificio Havanna cuando escuchó:
“aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”.

Espero que te gusta la sorpresa.
Giglio Mazzantini




© Gustavo Guaglianone 1995
(Primer cuento presentado en el Taller de Narrativa Breve de Guillermo Saccomanno)