sábado, 27 de enero de 2007

CRONIKA SHOW SUSPENSIVOS INFLAMABLES en GIRA07 (LA MULA)

Gira a toda costa 007 / La Mula Plateada / Mar del Plata.
Desembarco en Mar del Plata. Misión: La Mula Plateada. Horario de prueba: 20hs. La caravana suspensiva ochentera (no por la década, sino por la velocidad) frena en a la entrada de Mar del Plata para comer y luego encarar hacia Alem. Al llegar a La Mula, bajan los equipos y empieza el ritual suspensivo. Banda a compartir escenario: Los Narigones, con Pelusa ex - violero de Mad. Para las 2AM, Alem ya estaba repavimentada con calcos y afiches oceánicos vuela cabeza. Por la Rock & Pop Beach, suena Skabeza llamando al público marplatense, y La Betty, en la puerta, les marca el camino. Adolfo Mula Plateada da la bienvenida en una noche en la que el frio no era lo único que colaba por los 4 costados. La previa se pasó en el primer piso fumador habilitado para el festín suspensivo. Todo bajo la protección del amigo - pelado - camuflado - cuñado -e- invicto hombre de Mar del Plata. A quien los ricos le pegan hasta hacerlo destapar una cerveza con el ojo derecho. Dr. Yorsh abusa y las piernas quedan bien suspensivas.
La roquería feliz está llena. Armar pantalla, platos, instrumentos, y a sonar. El Resolume 2.0 tarda en encarar. Son necesarios esos segundos de calma que anteceden al rock. Último show de la gira A Toda Costa 007 con tres retornos y una ausencia: Ferdi - Sampling - Mix. El público, el más recitalero de la gira, recibe Suspensivos Inflamables, y devuelve baile y aplausos. La música / onda suspensiva no tarda en decodificarse. El que no se enganchó con Morning Nait, deja su lugar a otros con los poros más abiertos. No hay chica que no mueva alguna parte de su cuerpo al ritmo suspensivo. Skabeza llama al pie del escenario a quienes bailaban en la barra. Quienes buscaban rock tienen excusa para sacudir su cabeza. También hay cuellos que apuntan a la pantalla suspensiva que se levanta a la derecha del escenario. Hay complicidad con las imágenes. El show dura más de una hora entre climas ascendentes y descendentes. Pasadas las 4AM llegan los bises, el saludo final y la ruta al bunker gesellino.


GSTV (c) 2007

miércoles, 24 de enero de 2007

CRONIKA SHOW SUSPENSIVOS INFLAMABLES en GIRA07 (CARAVAN)

Gira a toda costa tour 007 / Camping Caravan / Villa Gesell / Bs.As / Argentina.
Desde las 13.30 del 24/01/007 hasta las 8.30 del 25/01/007
El team suspensivo de divide en 2 para dormir: sur y norte (según posición geográfica). El sur y el norte despiertan juntos o no. De eso sólo hay certeza de que ninguno de los 2 lo sabe. En el norte sopla un aire brasilero que arrastra a la playa. Del sur salen mensajes, del norte salen mensajes. Hay que cubrir el hueco que dejaría la suspensión del show en el Camping Caravan. Dos comprimidos suben al Suzuki Fun a buscar una alternativa playera para tocar. Contraorden, puchos y vuelta al norte. A La Betty, móvil del artefacto suspensivo, le llega una sola orden: Camping 16hs. El norte, en dos tandas, llega minutos antes. El sur, comido, minutos después. En esa media hora para pensar, el camping se ve vacío y caliente. Una banda de rock&roll con muchas erres, termina un show para 5 personas. El contraplan hacia la playa parece la solución. Sin embargo, el sur clava su estaca y mantiene el plan original: dos toques en el camping. El primero, al lado de la pileta olimpica y con un niño plomo original, es la prueba de sonido de lo que vendrá. Cae el sol y se levanta el proyector. Poste, cinta, alargues. Resultado: una pantalla de más de 20 metros de ancho, desde el borde de la pileta hasta las copas de los árboles que antes eran sombra y ahora luz. Impresionante. Un show para multiplicarse en mito. Hay un antes y un después en el Camping Caravan. Otro querés-podés suspensivo. Un ataque directo al cerebro, retinas y oídos atentos. Quien flasheo a la tarde, coronó a la noche. Y quienes se dejaron llevar por el Rayo Luminoso, tuvieron una madrugada acústica con muchos coros y fans del sol, en las puertas del Bar Benita.
GSTV (c) 2007

lunes, 25 de diciembre de 2006

CRONICA DE UN 25 DEL 12



-Navidad Dominguera-

Cuando navidad cae en domingo, algo pasa. Un domingo, descanso por default, se superpone al feriado más importante del año. ¿Se potencian? No en la Capital Federal de la República Argentina en 2006. A mi no me señalan por la calle como el alma de las fiestas, y por esas vueltas de la vida, este año la familia se redujo a un formato Fiat 600 y con esto también bajó la necesidad de regalos. Un verdadero alivio ante el efecto shopping. De todas maneras, mi retina tiene menos rojo Noél impregnado que en otros años. No tanto cartel, no tanta guirnalda dando vueltas por ahí. Y cuando llegaron las 12, menos fuegos artificiales. Parece que subió la demanda del globo que levanta por calor, y bajo la calidad de fabricación y la habilidad de los ejecutantes. En los barrios más barrio hubieron más “cuetes” que en los barrios menos barrio. El vacío vacacional relámpago se hizo sentir, pero en lugar de dar más lugar para festejar, aplacó el colorido. Liniers, autopista, Entre Ríos, Callao, Arenales, Coronel Díaz, Libertador, Cabildo, Lacroze, Álvarez Thomas, Congreso, Triunvirato, Incas, Olazábal, Elcano, Niceto Vega, Juan B Justo, Santa Fe, Las Heras. Desde las 2am, la ciudad enmudeció a puertas abiertas. Diez en una esquina, no supera a cualquier jueves del año. Cerca de una barrera baja, los bocinazos festivos contagiaron a otro auto, sólo cerca de esa barrera y a ese auto. Después, los esfuerzos de hacer temas navideños con la bocina ronca del auto, si bien no fueron puteados, tampoco contagiaron en este tour. Tres llamados, dos deserciones. El after brindis de amigos dejó media botella de 2 champanes, sin tomar. En un kiosco, un policía brindando con sidra y tres horas después de las campanas, puestos de alcoholemia. Se acerca el policía de la esquina, llega la camioneta de la Guardia Urbana, aparecen los conos naranja, se cruza la camioneta y empieza el silbato. En la ciudad sin mucho ruido, paran al primer auto. Se acerca el policía para pedir una identificación cualquiera. Hecho esto, uno de los jóvenes de la Guardia Urbana aparece con una hoja impresa para que firme el conductor. Hecho esto, se acerca otro guardia con la máquina de la verdad y una pipeta dentro de su envase de seguridad. El conductor la saca de la bolsita, la coloca y empieza a soplar hasta apagar la luz verde. Lo que empieza con dos ceros, va a medir el nivel de brindis. El primero zafa y sigue. El segundo es un número fijo. Media luz en funcionamiento, guiño contrario a la posibilidad de doblar, encendido, y posición oblicua esperando el verde del semáforo. Silbato. Gestos. Se detiene. Más gestos. Trámite y afuera. Se aleja sin luces de stop. Tercero. Un utilitario con caja cerrada. Frena. De lejos el conductor parece Papá Noél en pijama. Es un gordo con una remera manga larga rajada blanca y roja. De la caja de su trineo baja una familia navideña tipo. Una a una, tres generaciones vestidas para la cena, bajan dando un saltito. Papá Noél firma y sopla. ¿Para qué? Desastre familiar. Discusión multi-gestual del miembro femenino de la generación intermedia. Hija o nuera de Papá Noél, con él era el tema. La Guardia Urbana no sabe mucho de asistencia social y se mantiene al margen. Por intermedio de un llamado por celular de la señorita, aparece un auto salvador que sin bajar del mismo, su conductor sopla y se lleva a la familia de Papá Noél, sin Papá Noél.


(C) GSTV - 25-12-2M6
Limite entre Belgrano y Núñez,
del lado de Belgrano - Cap.Fed.
Buenos Aires - Argentina.

lunes, 4 de diciembre de 2006

TRILOGIA PLAYERA 1 DE 3



AL MAR

A la playa llega siempre primero el hombre cargado, y de diez a veinte metros atrás, su mujer con el cuello erguido y monitoreando. Puede llevar la pelota de fútbol, mientras no haya otro elemento de menor peso especifico y forma tan perfecta. Novia, amante o madre cuentan igual. Con o sin chicos hoy los roles se mantienen, y hasta le suman una sombrilla y la responsabilidad de funcionamiento seguro de la misma, al hombre que para ese momento ya decidió dónde será el descanso. De todas maneras, busca la mirada monitor esperando aprobación. Puede tener el visto bueno o no, modificar las coordinadas o no; su día no va a depender de eso.
Estar solo en la playa debería ser un pase libre para coger. Hacer el amor sin más memoria que la corporal. Satisfacer y satisfacerse, con alguno de esos cuerpos desnudos. El traje de baño, más precisamente la bikini y sus derivados, son lo mismo que la desnudes. Elegir o ser elegido, ya es parte de una medición astral. Lo que si, nadie, pero nadie debería quedarse o dejar con las ganas, en la playa. Bueno, y en las playas nudistas que se precien de tal, debería haber reglamentación clara acerca de este tema. Al final de cuentas, parece que el Sol es quien se las garcha a todas (o todos). Y las atiende por horas y les da duro. Y se ponen cremas para soportar o potenciar esta relación.


GSTV - Las Gaviotas, Villa Gesell, Buenos Aires-ARGENTINA /// 7deDiciembre2006.
Ilustración: LU+6

sábado, 2 de diciembre de 2006

TRILOGIA PLAYERA 2 de 3


EL PAJAR

A la paja se llega por varios lados. No contamos las excusas, por supuesto. Esta la paja estabilizadora, la "para bajar", la del olvido, la recreativa, y la "me quiero mucho yo". Son todas muy distintas aunque algunas compartan visiones y enfoques. Y mayormente todas terminan igual. Pero sin duda, la última de estas, también conocida como "la autogestión", persigue un objetivo sublime y más aún comparándola con las demás. La paja que estabiliza los niveles, es una necesidad, tiene precisión quirúrgica. Si tenés que "bajar a pajas", estamos hablando de un recurso efectivo pero recurso. La del olvido es recomendable para sacarse de la cabeza, o evitar, histerias ajenas; sin embargo, no se encuentran investigaciones serias sobre los efectos colaterales a un mediano y largo plazo. La recreativa, paja pasajera, no deja una sensación sostenible de logro, más bien posterga la necesidad de salir a ponerla. La autogestión es La Paja, madre de todas las pajas. Aunque más común entre las mujeres, esta paja, y como todo lo bueno, tiene una contraindicación: “Llegar a lugares donde nadie más podrá”. Sin duda esto funciona tanto como desafío, como aprendizaje. Tal vez los puristas del género onanista, la consideren como la única paja de todas las pajas. Allá ellos, sé que es irremplazable por el accionar del otro/mismo sexo, pero no se, hoy me duele la cabeza.


GSTV - Las Gaviotas, Villa Gesell, Buenos Aires-ARGENTINA /// 7deDiciembre2006.
Ilustración: LU+6

viernes, 1 de diciembre de 2006

TRILOGIA PLAYERA 3 de 3



LA CAZA

Buscar un objetivo sexual en poco tiempo es una tarea especial. Para aumentar las posibilidades de éxito, se recomienda pegarse al cliché (éxito y cliché son 2 palabras que por algo suenan parecido). Lástima que en 3 días no adelgazas lo que dice el cliché. Uno menos. Tener una valija con vestuarios varios como para insertarse exitosamente en algún rubro playero, es un tema de planeamiento sofisticado. Cliché de “pertenecer”: out. El escritor/filósofo solitario requiere una repetición de escenario, para ser efectivo. Eso aburre. Lo mismo pasa con el ejecutivo con celular que camina en círculo de un radio visible. Aburre e implican muchas horas haciendo de antena de frecuencias con consecuencias inciertas. Músico puede ser. Depende el target ligas un baño o no; siempre y cuando aceptes comprimir la música a un grito de celo constante. Quienes no tocan instrumentos pueden bajar la ventanilla y subir el volumen del set de temas para niñas. Perder el oído por tener un auto, no es una buena ecuación, menos por tan poco tiempo de goce. Ahora, si lo que piensan es pagar, tal vez la suma no sea tanta en relación a la necesidad. ¡Feliz día de la Virgen!


GSTV - Las Gaviotas, Villa Gesell, Buenos Aires-ARGENTINA /// 8deDiciembre2006.

viernes, 2 de enero de 2004

MASTERDAM

OK! La primera vez que lo cruzamos fuimos dos presas más para él. Dos de esas interesantes, por lo de turistas indefinibles que teníamos. Él era bajo y demasiado inglés. Demasiado porque su acento venía acompañado de una pausa deductiva. Esa sonrisa de: te estoy sacando la ficha, pero de gentleman. Y nosotros éramos dos indios altos europeizados al mejor estilo azar. Uno, pelo largo con mechas rojas, el otro rapado. Uno con chaqueta de cuero corte serie policial belga y botitas all star con punta muy blanca, el otro con el combo camperita: rompevientos - sobre - jean - sobre - polar, y borceguíes de cordones rojos. El inglés llevaba la mochila del turista con sus respectivos pins y biromes. Nosotros llevábamos las manos en los bolsillos. Eso sí, la cara de fascinación en la vidriera del smart shop holandés era nuestra. Hongos, éxtasis natural, cocaína vegetal, oxígeno puro, falsos y perfectos frascos con meo para análisis; todo legal, todo con su packaging, todo fantástico. Ideal para llenar una mochila.
El inglés se nos acercó contándonos que había vuelto a devolver unos hongos, que su novia no se sentía bien, que los regalaba, o mejor dicho, los dejaba a la mitad de precio. Nosotros le seguimos la corriente, pero a un tercio del valor de los hongos. Esa fue la manera más elegante de sacarnos de encima al inglés, por una suma que no afectaba a nuestra paridad menemista del 2000.
Estar un mes de turista en Amsterdam es raro, pagar un mes de hotel es caro. La marihuana es demasiado legal y demasiado rica. Parábamos en el Lavalle de Amsterdam, en un hostal Irlandés rodeado por negocios turcos. Coffee Shops turcos. Falaffel turcos. Pizza por turcos. Almacenes turcos. Gift Shops turcos. Bien Lavalle, bien peatonal de neón. No tardamos en crear nuestra tradición amsterdamiana: desayuno en el coffee shop de enfrente, pool en el de al lado, agarrar las bicicletas alquiladas y a jugar por las calles de Amsterdam hechas para jugar.
Al inglés lo volvimos a cruzar en el coffee shop de enfrente. Estábamos desayunando y conversando con los encargados: dos hermanos turcos y el senegalés. Todas nuestras charlas incluían alguno que otro: -Argentino mafiosi –soltado más a menudo por el menor de los turcos. Tal vez este grito fue el que atrajo al inglés, quien abandonó otro de sus sets de turistas alegres, para sentarse en la mesa con nosotros. Preguntó una vez sola por los hongos y nuestra respuesta de satisfacción fue tan falsa como cortés. Parece que a los ingleses les gusta eso.
Ya el inglés no trabajaba de turista con nosotros, ni nosotros tratábamos de huirle. Lo veíamos hablar con los turcos del coffee shop y escuchábamos a los turcos hablar de él. El inglés había pintado el salón del subsuelo del lugar. Ahora ganaba unos guildens armando porros para turistas novatos. Mientras armaba indistintamente con marihuana o hash nos decía, más para no aburrirse que para informar: -Los armados siempre llevan más tabaco del que necesitan. Los turcos eran muy turcos como para asentir con la cabeza y preferían pagar nuestro silencio con un café - invitación.
El mes en Amsterdam no sólo trajo descompensaciones alimenticias. Es decir, del desayuno a la primera comida podían pasar doce horas, o si se quiere, cinco clases de marihuana con sus distintos rituales. Un mes en Amsterdam trajo más dudas para la gente que nos rodeaba que para nosotros. Las primeras tres veces que te ven, sos turista. A la quinta, sos uno que se colgó. A la séptima, estás al pedo. Si se cumple la docena de veces que te ven: Atención. Dos Argentinos que viven en un hotelucho, fuman, desayunan, juegan al pool, andan en bici y parecen muy felices, es igual a: trajeron un kilo de merca. Ese fue el esquema de pensamiento de los turcos del coffee shop y de todos los pequeños dealers del Amsterdam ilegal que paraban en las cercanías de Lavalle.
Ok! Si trajeron un kilo, pueden traer otro para mí -pensó el turco menor, agregando un: -Good business!
No pusimos cara de sorpresa. No pusimos cara de terror. No pusimos ninguna cara. Sólo pensamos en el grito: Argentino mafiosi, y nuestro silencio se ganó un respeto extra. Nos movimos una semana con ese respeto mientras seguíamos nuestra vida normal, que para quemazón de cabeza de los turcos y del senegalés, incluía un terrible afán por sacar fotos de todo. El revelado en Ámsterdam no era caro y el resultado, buenísimo. Revelábamos y les mostrábamos las fotos de otros puntos del Eurotour 2000. Objetivo: ganar su confianza. Resultado: nos arrebataron una cámara después de un primer plano al senegalés. Del flash de traficantes novatos y exitosos por inconsciencia, pasamos a ser policías pro. Sin decir nada, cruzamos al hotel y volvimos con nuestros instrumentos: una pequeña guitarra con parlante incorporado, un saxo de caña, dos mini - amplificadores y una batería programable. Nos pusimos a tocar para los clientes del coffee shop. No ganamos confianza, pero el desconcierto nos devolvió la cámara. Al inglés le divertía todo esto. Nos miraba, miraba a los turcos y congelaba a su Sherlock Holmes. Tocó con nosotros y nos presentó a sus amigos con los que nunca tuvimos onda sin él presente.
Una mañana de water with gas y relax canábico, se sentó en nuestra mesa. Puso su seño más inglés y nos ofreció hacer un trabajo con él.
-There is this bank, you know? –empezó.
GSTV © 2004

viernes, 3 de enero de 1997

ESPERANDO EL CUARTO

Cuando empezó el partido éramos cuatro frente al televisor. Passarella debutaba como técnico de la selección. Argentina versus Chile. El volumen bajo del Philco 17 pulgadas interrumpía el silencio de la planta baja del Hospital Italiano. A las diez y cuarto de la noche el movimiento en la entrada sur del hospital era escaso. Sentados en una hilera asientos plásticos unidos por un esqueleto metálico, levantábamos nuestras cabezas para mirar el televisor que colgaba de una columna. Nadie hablaba. Ninguno se animó a avivar el sufrimiento del otro con conversaciones de compromiso. Todos sabíamos que sobre aquel hall se encontraban las habitaciones de cuidados intensivos y la sala de neonatología.
La selección dominaba el partido con buen fútbol. Debimos haber sido los espectadores menos entusiastas que tuvo el equipo aquella noche. Yo estaba sentado a la derecha. El primero a mi izquierda era un hombre de treinta y pico. Barba candado. Campera de jean. Pantalones Angelo Paolo. Un rosario en sus manos. Tenía una bolsa de nylon en el suelo entre sus piernas. De su bolsillo derecho colgaba un llavero de Boca con la foto de un chico de cuatro años del otro lado. Imaginé que ese chico podría estar en alguna habitación del segundo piso. En terapia infantil. Seguro su madre estaría con él.
Más a la izquierda había un hombre de cuarenta años. Canoso. Gordo. Sus brazos cansados tenían una pequeña campera rosa. Su mirada estaba clavada en la pantalla y sólo se distraía al ver al hombre de seguridad. El tipo se paseaba con el walkie talkie abierto, comentando el partido con el guardia de la salida de Gascón. Al gordo ya lo había visto antes en los sillones del segundo piso, junto a la puerta de neonatología. Tenía un hijo prematuro de cinco meses y medio, según le escuché comentarle a una abuela que procuraba enterarse de todos los casos del hospital.
Por último estaba el espectador de más selecciones de los allí presentes. Un hombre de alrededor de setenta años que alternaba su atención entre el televisor y un Power Ranger que pasaba de mano en mano. Un nieto en terapia intensiva, pensé. El sucesor articulado del Temerario cayó dos veces al suelo. Su único nieto en terapia intensiva, pensé.
Llegó el primero de Argentina. Nadie lo gritó. El abuelo se paró. Fue al ascensor y subió. Se llevó con él al Power Ranger. No volvió a bajar.
No podía borrar la imagen de Nico entrando en neonatología a las ocho de la noche. Lo iban a operar del corazón antes de cumplir tres días.
Argentina hizo el segundo. Nadie lo gritó. El gordo se paró, y con la campera rosa en la mano desapareció por el ascensor.
Nico había nacido en el Instituto Argentino de Diagnóstico y Tratamiento con insuficiencia cardíaca. Los médicos nos recomendaron operarlo en el Hospital Italiano. Y allí estábamos. Esperando.
En una estupenda jugada, la selección de Passarella marcó el tercero. Ninguno de los dos lo gritó. Me quedé solo cuando el hombre recogió la bolsa de nylon y se dirigió al ascensor.
Faltaban cuatro minutos para que terminara el partido. Argentina ganaba tres a cero. Desde el último gol que no despegaba los ojos del televisor. Me puse cada vez más nervioso. Argentina tocaba pero no llegaba. Los jugadores parecían conformes. Yo no. Faltaba mi gol. Necesitaba que convirtieran el cuarto gol. Toques cortos cerca del círculo central. Los chilenos estaban entregados. En el ángulo superior izquierdo de la pantalla estaba el reloj. Cuarenta y cuatro treinta. Medio minuto, más lo que adicionara el árbitro. “¡Vamos, carajo!”, se me escapó y llamé la atención del tipo de seguridad que hablaba por el walkie talkie. Un tiro cerca del palo derecho y el cuarto que no llegaba. Con la mano en alto el árbitro señaló que faltaba un minuto por jugar. Marcelo Araujo se conformaba con el tres a cero. Macaya ya estaba sacando conclusiones del planteo de Passarella. Faltaba mi gol. Último avance argentino. El árbitro señaló el círculo central y mis rodillas alcanzaron el suelo.
GSTV Diciembre 1996©
Publicado en La Voz del Bajo

domingo, 26 de noviembre de 1995

EL SEÑOR ALFAJOR

Nunca se lo había visto tan decidido desde que se mudó a Mar del Plata, diez meses atrás. La seguridad pareció borrar la curvatura de la espalda de Giglio Mazzantini. Duras tareas habían trabajado de manera despareja su cuerpo de un metro ochenta y cinco, desde los 13 años. Erguido enfiló hacia el edificio que estuvo marcando con la vista por veinte cuadras.
Ana,
Hoy a las 8 y media de la noche te voy a demostrar que no soy ni un bruto ni un animalito de Dios. Andá a la Bristol y vas a ver lo que puedo hacer. Además de descargar los cajones de merluza y cornalito de los pesqueros de Mellino, soy un tano romanticón.
Eran las siete y cuarenta de la tarde cuando Giglio apalabró al portero. Por más que la historia sobre la foto de la Bristol desde lo alto pueda parecer convincente y 46 pesos una suma interesante para el cuidador del edificio, lo que le abrió camino fue el inaguantable olor de su ropa.
Es mentira que el olor a pescado mata el fuego latino. Yo soy un verdadero latinlover.
Mientras que esperaba el ascensor, sacó un recorte del diario La Capital. Tras desdoblarlo observó una foto Mateyko, en la que se podía ver a Ana saludando de fondo. Su cara estaba circulada con birome roja. Había restos de cinta Scotch en los extremos del recorte que por cinco meses decoró la pared descascarada de la pieza que Giglio alquilaba desde su llegada a la ciudad, a tres cuadras de la estación de trenes. En aquella pensión de San Juan y San Martín, Giglio Mazzantini ideó su plan maestro.
Perdió la concentración cuando el punto fijo que miraba en el hueco del ascensor fue interrumpido. Cerró el recorte. Recogió su mochila Mundial ‘90 del suelo y subió al ascensor. Apretó el botón del último piso y se quedó junto a la puerta. Sin pensar en nada en particular, se dedicó a escupir hacia la pared que se movía frente suyo. Tardó 8 pisos en lograr su cometido: embocarle a los números que se perdían bajo sus pies. Victorioso, volvió a concentrarse en su plan.
El camino a la terraza debía completarse con dos pisos por una angosta escalera. Una vez en la más alto del edificio, no tardó en apoyar su mochila contra un rincón. Se desvistió. Apiló toda su ropa contra la puerta de la terraza. Estiró los brazos y golpeó su pecho, feliz por su desnudez. Caminó hasta uno de los bordes y se asomó para ver Mar del Plata a sus pies. Vio la Bristol, la punta del Torreón y uno que otro pesquero mar adentro. En poco más de media hora va a oscurecer, pensó. Observó la cuidad desde los otros costados antes de ponerse manos a la obra.
Tenía las herramientas en sus manos y se encontraba a los pies de aquellas enormes letras. Debía cortarle la electricidad a las primeras tres antes de que se enciendan, dijo sonriente por su astucia. Le quedaban quince minutos y ya estaba nervioso. Había estado vigilando el edificio por seis días y siempre el cartel se esperó hasta las ocho y media para prenderse.
Ana estaba desde las ocho y veinte en la Bristol. Como le dijo Giglio en la carta, “dale la espalda al mar y mirá es cielo”. Siguió las ordenes a medias, ya que creyó que Giglio no valía una tortícolis. “Tano bruto, con que me vas a salir”, se repetía cada vez que miraba el cielo.
Faltaba poco tiempo y Giglio comenzaba a sentir al descenso nocturno de la temperatura. Estar en cueros en una noche por más primaveral que fuese, no era algo soportable. Pensando en el recambio que traía en su mochila, decidió hacer una fogata con la olorosa ropa de trabajo. Ya había cortado los cables de las primeras tres letras y sólo restaba aguardar, para asomarse en el momento indicado.
Ana ya se estaba impacientando. Eran las 8:29 y Giglio todavía no daba señales de vida. Miró descreída el cielo. Observó como frente a sus ojos se encendía la palabra ANNA. “Qué truchos”, dijo, y pensó en lo mal que debía estar la cuidad para que hasta el famoso cartel de Havanna no funciona. Arrepentida de asistir a la cita cruzó la avenida para emprender el camino a casa.
“No! No! Qué pelotudo! No! Soy un animal! Anaaaaaaaaaaa!
Estaba enojada con ella misma. Caminaba por la vereda del edificio Havanna cuando escuchó:
“aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”.

Espero que te gusta la sorpresa.
Giglio Mazzantini




© Gustavo Guaglianone 1995
(Primer cuento presentado en el Taller de Narrativa Breve de Guillermo Saccomanno)